Sueño sin soñar soñando sueños que un hombre jamás soñará.

A vuestra merced señora, el epíteto de mi lápida,
desvaneciéndose en un lecho profano de cementerio,
una simple guarida de ratas y moscas,
y canto, canto junto a mi laúd,
canto junto a su ventana, ¡a vuestra merced señora!
canto porque el que canta su mal espanta,
canto porque los dioses me dieron tal don,
si supieras que tal don he desperdiciado,
proclamando versos entre ebrios, almas muertas,
con su sed de alcohol, entre la podredumbre.
Si he de merecer que mi voz calle de repente,
que vuestra merced sea quien me quebrante,
repitiendo oraciones al crucifijo que entre lápices,
entre hojas de papel y suciedad de tinta,
he visto embelesado junto a la pared,
que sea vuestra voz el toque de mi desconsuelo,
el vino de mi pasión poética, y el susurro del viento a mi ventana.
Veo las hojas de los árboles mecerse en su caída,
y la veo a usted tan radiante y tan tranquila,
¡oh podredumbre!, inmensa agonía,
canto con el mismo delirio de un ave en mis epifanías,
canto y canto y no encuentro sentido alguno,
para elevar mi voz ante tan altos muros,
esos mismo que te retienen doncella mía,
esos mismos que te opacan.
Sueño sin soñar soñando sueños que un hombre jamás soñará.
¡Pesadillas! cuando a mi lado nunca estás,
me desvelo, pensando, luchando por nunca despertar,
y al final no duermo, solo vago despierto,
eres sublime, señora mía, mis sueños y mis desvelos,
oigo melodías que jamás se escucharán
y escucho voces que nunca me hablarán,
pero vuestra voz, vuestra voz señora,
así como vuestro nombre, amada mía,
de mí nunca se apartarán.
Nayeth Dalí

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